Mis Viudas.
Este domingo pasado de San Juan viví la misa que, como clausura de la semana cultural, celebraba la Asociación de Viudas de Tarazona.
Soy hijo de viuda, siempre he sido hijo de viuda. Mi padre se nos fue a la edad de cuarenta y siete años, un treinta de junio de mil novecientos setenta y seis. Día en el que nací yo, cumplía entonces seis años. A los dos años de quedarse viuda mamá fundó en Tarazona la Asociación. Alguien se desplazó desde Zaragoza y le invitó a dirigir este proyecto, mi madre tomo el testigo y no dudo en ponerse al frente. Recuerdo aquellas primeras reuniones en nuestra propia casa, un grupo de señoras desconocidas en su mayoría, acudían a casa y tenían reuniones maratonianas.
El recuerdo que más conservo en mi memoria era el de aquellas tardes de sábado o domingo en el que mamá me llevaba con ella a la Asociación. La Asociación estaba al lado de la casa de mi abuela paterna, patio oscuro y con mucha humedad. Una figura daba comienzo a la barandilla de la escalera, tenía arriba un farol que nunca lucía. Recuerdo también el terrazo del suelo, era como la baldosa de la calle, fría, muy fría. Humedad en las paredes y un olor característico que marcaría mi recuerdo. Cuando accedíamos al piso, recorríamos un pasillo a la izquierda para llegar a las dos habitaciones que formaban la Asociación, el resto del piso fue siempre una incógnita que nadie me resolvió. Después me enteré que esa casa había sido de mis antepasados, curioso. Hay muchas incógnitas de aquellos años, la mayor de ellas es la ausencia tan temprana de mi padre. Pasados los años, y con una creencia en Jesucristo, acepto su muerte. Todos hablan bien de él, estoy seguro de que Dios necesita hombres buenos cerca y eligió a mi padre. Un poco pronto, la verdad. No sé muy bien por parte de quién he oído ese comentario de alguien que en una reunión familiar dijo aquello de “pero que faena nos ha hecho éste muriéndose”.
Pero volvamos a la Asociación. Eucaristías en las que yo empezaba a participar, charlas, juegos y meriendas. Tengo buen recuerdo de unas cajas grandes de dobladillos de chocolate. Un cuarto contiguo estaba lleno de juguetes, al jardín no se podía bajar. Más tarde entendí que el obispado les había dejado parte de la casa que se utilizaba para otras actividades.
Mamá me llevaba porque yo era pequeño y no me iba “por ahí” que decimos en Tarazona, mis hermanos sí que se iban a dar una vuelta. Muchas gracias tengo que dar de haber podido pasar allí grandes y maravillosas tardes, conocí que yo no era el único niño que no tenía padre. Recuerdo que iba a clase con dos de ellos. De uno tengo un recuerdo estupendo y sé de él, del otro tengo menos recuerdo y no sabría decir que fue de él. Éste segundo era hijo de Guardia Civil, pasó un par de años en Tarazona y luego se debió volver a su tierra andaluza. En una ocasión, como en tantas otras, el profesor se dirigió a la clase aconsejándonos que nos apoyásemos en nuestros padres para resolver determinado problema. Seguro que el profesor lo hizo como generalización y sin ninguna intención de desprecio hacía quienes no íbamos a encontrar en casa ese apoyo en su totalidad. En el momento de la invitación el profesor en cuestión pasaba junto a nosotros, yo estaba sentado junto a este otro chico, el profesor acarició la cabeza de mi amigo en señal de condolencia. Mi amigo dejo transcurrir el especio y el tiempo necesario para que, sin que éste lo llegase a escuchar, le dirigió un “hijo de puta” rabioso como yo nunca había oído. Al ser de un pueblo uno estaba acostumbrado a oír hablar mal, pero esa palabra yo no la había oído jamás, en vez de provocarme rechazo me hice con parte del insulto y con una mirada a mi amigo asumí la mitad de responsabilidad en la ofensa proferida. Nunca habíamos bajado a casa juntos, ese fue el primer día, recuerdo que un día alguien le llamo gitano y yo le pegué. Ya había pagado mi deuda con mi amigo huérfano de padre como yo.
Otro gran recuerdo fueron los viajes. Señoras a las que la asociación ofrecía viajar por primera vez, señoras que encontraban en la asociación su oportunidad de salir de casa y aquellas que manifestaban despecho como anunciando que aquí no se había acabado nada. Cuanta alegría, cuanta tristeza, cuanta amistad, cuanta soledad, cuanta conversación cruzada y mucho silencio. Si una iba de negro, o era mayor o su marido había muerto hace poquito.
En el veinticinco aniversario de la Asociación en Tarazona se publicó un libro celebrando su andadura, con dicho motivo se homenajeó a mamá en un acto muy emocionante. En dicho libro aparecen testimonios de muchas viudas, uno me gustaría extraer como ejemplo:
“Soy una señora de setenta y cuatro años. Hace veintitrés años que me quedé viuda con diecisiete mil pesetas de pensión. De lo que he pasado ya no me acuerdo. Soy una mujer muy feliz, con libros, flores y cantidad de tiempo libre para disfrutarlo. A veces me siento bendecida por encima de mi prójimo por haber encontrado la felicidad tan fácilmente. Vivo sola.”
Este testimonio refleja la mayoría de los casos y situaciones en los que una viuda se ha quedado en nuestro país durante muchos años como consecuencia de su viudedad.
Creo que esto de la Asociación en Tarazona, en Zaragoza y allí donde se creo, ha sido y es una extraordinaria idea. Duda y pudor en los inicios por parte de la viuda que entraba a formar parte de la Asociación, finalmente alegría y agradecimiento. Allí encontraron la posibilidad de compartir con otras mujeres la misma desgracia, allí han encontrado el apoyo para todas aquellas cuestiones que revindicar a la Administración y sobre todo han encontrado la necesidad de volver a sonreír.
Es curioso, hoy me he levantado y en la radio he escuchado una reivindicación que desde hace días se está haciendo en el programa de Luis del Olmo, las pensiones de las viudas. De esto soy testigo, conocedor y protagonista de constante denuncia desde mi acción política. Una viuda o viudo en España, por no sé que extraña razón se queda con la mitad de la pensión que le correspondería en vida al marido o la mujer. Esta medida ha perjudicado notablemente a aquellas viudas que quedaron en esta situación en épocas finales de la dictadura y principio de la democracia. Se trata de personas que en muchos casos no han trabajado nunca fuera de casa y que desde situaciones económicamente muy difíciles has sacado familias adelante. El miércoles, Cáritas, publicaba un informe por el que cerca de sesenta y cinco mil personas en Aragón, con sueldos por debajo del salario mínimo, viven en el umbral de la pobreza.
Tres millones de viudas, bien organizadas, pueden cambiar un Gobierno. El estilo y talante conservador de muchas de ellas, su espíritu de sacrificio y su respeto a la sociedad establecida les ha impedido llevar a cabo una revolución social. La Administración de hoy, y también la de ayer, saben que esta generación que ha sacado a cientos de familias adelante llega a su fin. Hoy las cotizaciones a la seguridad social tienen su respuesta, además la mayoría de las mujeres trabajan.
Cristo ya anunciaba el desprecio que estas mujeres iban a sufrir, Él las incluyó entre aquellas personas a las que había que prestar especial atención.
He querido con estas notas rendir un homenaje a todas estas mujeres, señoras y heroínas.
Mi madre es una de ellas. Este sábado cumplí treinta y siete años y hace treinta y uno que murió mi padre.
Juan Marcos LL.
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