Foro.
Ayer tuve la oportunidad de vivir de nuevo una sesión de “foro”. Durante un buen rato del debate corrió por mi cabeza el recuerdo de esas sesiones dominicales. De nuevo me volvía a sentar en aquel merendero que se transformaba cada tarde de sesión en una maravillosa y encantadora real academia.
Tomando como base la antropología cristiana, por allí desfilaron la ideología, la libertad, la vida, la muerte, el cuerpo y un sin fin de grandes temas. Hablamos de extraordinarias verdades, el hombre y la mujer, el matrimonio; y hasta flirteamos con el miedo y la moda. No podría enumerar todos los temas que pudimos disfrutar, no sabría recordar cuántas personas tuve la oportunidad de conocer y cuántos pensamientos pude compartir.
El ambiente describía perfectamente aquello con lo que yo sentía enfrentarme cada tarde de domingo. Esa mesa alargada sin límite, ese mantel rojo fuerte, las velas, los ceniceros, las estufas en invierno; el ponente al fondo, custodiado por una lámpara que elevaba la luz al cielo como si él nos la irradiara a todos los que con pasión esperamos la lección. Era como adentrarse en la caverna del saber, los manjares que allí se degustarían eran cuantiosos, creo sinceramente que ese fue el año que subí de peso y este foro tuvo algo de culpa.
Recuerdo con rabia como de repente y ante la enjundia de los asuntos, se puso de moda partir en dos los temas, sesión de exposición y sesión de debate. Me mataron, mi “pasionalidad” e “imprudencia opinadora” no me permitieron conciliar el sueño muchos de esos domingos. Siempre busqué compañía en el coche para la vuelta, con nadie conseguí anticipar ni una pizca de debate, tuve la sensación de que el único que estaba dispuesto a saltarse las normas, una vez más, era yo. En más de una ocasión los anfitriones me invitaron a continuar la fiesta, la suerte y el honor de sentarme en su mesa. También en el menú se habían esmerado, tuve la tentación de compararme en alguna ocasión con Adriano en sus memorias; a largas ceremonias romanas en el Senado, seguían esplendidos y merecidos banquetes que premiaban la batalla del guerrero.
El ponente tenía a la derecha al regidor de la sesión, éste tenía la misión de centrar el tema al terminar la ponencia, así como centrar el debate al comenzar y terminar el mismo. Cada intervención era una nueva exposición, tan rica y nutrida como la anterior, disfrutábamos de él y él me da la sensación que de nosotros. Todos, todos estábamos ansiosos por intervenir. A la derecha del ponente se colocaba la organizadora, su puesto era estratégico, controlaba todo el aforo y nos dirigía miradas indicativas de rogativa para que abriéramos boca o de súplica para que nos callásemos ya.
Cerca de ellos se sentaba uno de los sacerdotes, solía intervenir de los primeros y de alguna manera nos marcaba el curso de nuestras intervenciones en la recta y querida interpretación que todos compartíamos. No obstante fue él quien nos regaló la primera sesión de nuestro querido foro. Cuando apenas quedaban veinte minutos, llegaba otro de los sacerdotes, todos entendíamos que venía de celebrar la misa y no tenía que darnos explicaciones de su reiterado retraso. Éste sólo estaba esos veinte minutos pero yo no sé como lo hacia para parecer que al terminar había estado toda la sesión. Su intervención era esperanzadora y venía a dar al asunto tratado ardores evangélicos que hacían fuertes nuestras tesis. Curioso, principio y fin…
Mis intervenciones, me atrevo a confesar, tuvieron más de corazón que de cabeza en muchas ocasiones, en alguna de ellas tuve la sensación de que eran curiosamente deseadas por el auditorio. En seguida me di cuenta de que la ironía y simpatía que procuré emplear en alguna de mis intervenciones era resultona. Confieso que en ocasiones esa dosis de alegría me sirve para cubrir la ausencia de otro tipo de contenido, a sí mismo no creo ser capaz de renunciar a llevarme la sonrisa del otro si Dios me ha dado la facilidad de obtenerla.
Gracias, gracias a todos aquellos que han hecho posible este foro. No pierdo la esperanza de su reedición.
Como decía antes, ayer tuve la oportunidad de vivir una sesión final, con película incluida, de otro foro que este año se ha celebrado en torno a un libro de antropología de J M Burgos. Era un foro junior, con edades más jóvenes y caras nuevas. La película: “Caso mai”, ésta ya sirvió de cine forum en aquella otra sesión del foro.
La película es fantástica, nos muestra la cruda realidad de muchos matrimonios que no están construidos sobre los cimientos necesarios. El encanto inicial y la pasión del principio son eso, encanto y pasión sin más. La misma pareja y los agentes externos se encargan de ir minando un matrimonio en el que nada de lo que lo destruye tiene respuesta por parte de éste. El final de aquello más grande que le puede suceder al hombre, la donación y la entrega en vida, se convierte en un estrepitoso fracaso.
Yo sugería la frase de Nietzsche que creo aplicable a este caso, la grandeza de la persona se mide por la cantidad de verdad que es capaz de soportar. Esto, en una convivencia para toda la vida como es el matrimonio, ha de darse.
Pero quien verdaderamente estuvo esplendida fue la anfitriona de la casa. Tuvimos la suerte de que Mercedes nos acompañara, ella fue la primera en hacer un análisis de la película, la vivencia y el testimonio desde el que habló hicieron de su comentario algo realmente creíble. La brillantez de la exposición y la carga de su contenido fueron muy ricas, pero la verdadera riqueza de su discurso está en la unidad de vida, el ejemplo, y creo que los que queremos y conocemos a esta familia somos testigos de ello.
Doy gracias a Dios por haber puesto a esta familia y a todas las personas que allí he conocido en mi camino. Uno tiene la sensación de que esa casa es como ese lugar al que uno siempre ha de volver.
Juan Marcos LL
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fernando lostao -